Yo quería que las letras se acabaran de tanto escribirlas.
“Hola, hola, hola”. Así ponía cada tarde en el cuaderno. La maestra le dijo a mi mamá que las repitiera en el cuaderno especial (hasta el final del renglón, toda la hoja, 400 palabras por hoja).
- Por página será – corrigió la maestra nueva y me regaló hojas en blanco y lapicera azul. Para que me escribas lo que hacés los días que no hay escuela.
Igual, el que primero usó la lapicera fue mi hermano, que perdía una por semana. Con eso, mamá lo retaba a él y se olvidaba un rato de mí.
Me gustaba la maestra nueva. Por eso hice un trato secreto con mi hermano: si cuidaba de no perderla, yo guardaría los cartuchos para que nos sirviera a los dos. De día era un tubo vacío que nadie le robaría. De noche el cartucho la llenaba para que mis hojas brillaran.
Mientras se pudiera escribir, no tendría miedo a que el secreto se acabara con la tinta.