Ya no soy joven. Las ansiedades por escapar del horror a
una vida vacía y quieta, artificiosamente quieta, cómoda y cubierta, ya no se
parecen a lo que hasta ahora conocía. Antes la furia arrasaba con la quietud y
me ponía en escena. Capaz caía en la ilusión de no necesitar energías más conscientes,
o la de escapar con rebeldía frente al rigor de una sociedad pechante y
temblorosa.
Ahora el espejismo se diluye un poco más cada noche. El fuego
vital es un bien escaso, es bien poco lo que alumbra por sí mismo cuando no hay
refracción o nido, cuando no hay reparo en la casa solitaria.
No soy joven, pero la acción continúa. Apenas unas luces
sincronizadas me guían con su pulso, entre los carriles del karma y la
manifestación del camino.
No soy joven, pero puedo anticipar algunos escenarios que
tendré que habitar. Los cambios llegan y se gestan como el té o el mate. Se
inician, sin apuro y sin pausa, en momentos especiales de cotidianeidad. De a
poco extienden su mancha hasta ocupar el espacio de una casa o de un abrazo. Es
como si al llegar a enfriarse su impacto vital, la memoria del agua cristalina que
les dio vida, se apagara en una luz tenue. Lo que se movió entonces, ya se
descubre en cuerpo propio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Utilizar nombre y apellido enel cuerpo del texto o tener cuenta de Gmail