Es un proceso personal. No puedo decirle a nadie "por qué no lo hacés vos" o, una vez superada la experiencia, "deberías hacer esto para evitar aquello". A veces es así, no hay discusión, ni alargue, ni pausa, ni pretexto. A veces creo que es mi proceso, nada más.
Soy ingenuo esas veces. Miro las fotos del ayer y pienso que lo personal se involucra, es envuelto y es hablado por lo que pasa alrededor con sutileza, confianza y afecto. No es la única forma. También puedo mirar con dolor alguna foto donde sé que hubo confusión, desinterés, atropello, por el querer y no poder, o por causas mayores.
Sin embargo, hay veces como ahora en que, personalmente creo, que hay que saltar del 3 al 7 (unos cuánticos casilleros), o del 6 al 2 (sin sorpresa aparente), porque el orden no necesita ser en serie o en línea, sino en rulos o bordes paralelos que casi se tocan, pero no lo hacen, aunque se pueden cruzar en tres brazadas. Tampoco es que digo "yo me animo solo" o "yo sé cómo hacerlo si quieren". Pienso: “mejor espero la señal”, “mejor insisto en no decirlo”.
Aunque es de lo más común que espere ser hombre y tener la última palabra, a veces intento y logro callar: porque no soy ese hombre, porque no soy ese común. Como quien pasa siete veces por el mismo río, siento que lo que los budistas llaman “la ilusión" se parece a lo que debería alumbrar un hombre de letras, a una batalla de puras palabras o a contar el cuento para que no deje de atraer atención.
Pienso que la ilusión y la pérdida de ilusión, como el pan, necesitan de un leudado previo. Porque el salto que hace la vela en el borde de la ventana, la réplica improbable de un pueblo que tiembla, que hace temblar, es el germen de un presente que ya anda siendo, que alguien cuenta para que alguien más lo pueda contar por otros medios.
Soy ingenuo esas veces. Miro las fotos del ayer y pienso que lo personal se involucra, es envuelto y es hablado por lo que pasa alrededor con sutileza, confianza y afecto. No es la única forma. También puedo mirar con dolor alguna foto donde sé que hubo confusión, desinterés, atropello, por el querer y no poder, o por causas mayores.
Sin embargo, hay veces como ahora en que, personalmente creo, que hay que saltar del 3 al 7 (unos cuánticos casilleros), o del 6 al 2 (sin sorpresa aparente), porque el orden no necesita ser en serie o en línea, sino en rulos o bordes paralelos que casi se tocan, pero no lo hacen, aunque se pueden cruzar en tres brazadas. Tampoco es que digo "yo me animo solo" o "yo sé cómo hacerlo si quieren". Pienso: “mejor espero la señal”, “mejor insisto en no decirlo”.
Aunque es de lo más común que espere ser hombre y tener la última palabra, a veces intento y logro callar: porque no soy ese hombre, porque no soy ese común. Como quien pasa siete veces por el mismo río, siento que lo que los budistas llaman “la ilusión" se parece a lo que debería alumbrar un hombre de letras, a una batalla de puras palabras o a contar el cuento para que no deje de atraer atención.
Pienso que la ilusión y la pérdida de ilusión, como el pan, necesitan de un leudado previo. Porque el salto que hace la vela en el borde de la ventana, la réplica improbable de un pueblo que tiembla, que hace temblar, es el germen de un presente que ya anda siendo, que alguien cuenta para que alguien más lo pueda contar por otros medios.
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